lunes, 28 de febrero de 2011

LA NOVELA DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX

  La crisis del Realismo también se comprueba en la prosa, que es cada vez menos el vehículo de narraciones en sentido clásico: los relatos convencionales conviven con libros en prosa descriptivos, líricos o ensayísticos, en los que las fronteras genéricas comienzan a ser difusas. 

  El género del ensayo alcanza en la literatura de estos años un papel destacado, que se prolonga en las siguientes décadas del siglo. La prosa ensayística sirve de cauce a las inquietudes existenciales y sociales de estos nuevos escritores de marcada preocupación política, tanto los de orientación socialista y anarquista como aquellos otros intelectuales que se identificaban con el regeneracionismo, quienes pretendían dar respuesta a la situación de crisis de la sociedad española finisecular. Destacan, dentro de esta corriente, Joaquín Costa, discípulo de Giner de los Ríos ("Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España"), Ángel Ganivet ("Idearium español") y el "Manifiesto de los tres" (1901) firmado por Pío Baroja, José Martínez Ruiz y Ramiro de Maeztu.

Las olas de la Historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia del “presente momento histórico”, no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre que se alzan los islotes de la Historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa Humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la Historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras. [...]
"En torno al casticismo" de Miguel de Unamuno

  La novela de principios de siglo se enriqueció para dar cabida a lo ensayístico, a lo aforístico, a la descripción paisajística, al lirismo intimista, etc. En general, puede decirse que, estilísticamente, el Realismo decimonónico es sustituido por una prosa impresionista en la que lo catacterístico es la sugerencia, la imprecisión, la vaguedad simbolista, la pincelada rápida que evoca lo descrito, y la tendencia a lo inconcluso, a lo fragmentario, a lo no definitivo. El propósito ya no es reflejar objetivamente la realidad, sino que esta aparece diluida como un trasfondo de las experiencias subjetivas o de los problemas de conciencia. La prosa modernista de Valle-Inclán, la atención al pequeño detalle de Azorín, el desaliño expresivo de Baroja, el gusto por lo discursivo de Unamuno marcan la ruptura con el estilo realista y conducen la prosa narrativa desde la estética del XIX a la diversidad de la segunda y la tercera décadas del XX: la novela lírica, la novela intelectual, la novela erótica, la novela vanguardista, la novela social...
  En las obras de estos autores aparecen temas comunes, muchas veces obsesivos: voluntarismo frente a abulia, pasión frente a inteligencia, problemas de personalidad, frustaciones eróticas, crítica social... Las novelas se pueblas de personajes apáticos, insatisfechos e inadaptados; y, a su lado, como contrapeso y como probable influjo de las ideas de Nietzsche, abundan también los personajes en los que predomina la voluntad y la acción: aventureros, arrogantes, amigos del peligro...

  En verano, sobre todo, Andrés quedaba reventado. Aquella gente de las casas de vecindad, miserable, sucia, exasperada por el calor, se ha­llaba siempre dispuesta a la cólera. El padre o la madre que veía que el niño se le moría, necesitaba descargar en alguien su dolor, y lo descargaba en el médico. Andrés, algunas veces, oía con calma las reconvenciones, pe­ro otras veces le encolerizaban y les decía la verdad: que eran unos misera­bles y unos cerdos; que no se levantarían nunca de su postración por su incuria y su abandono.
Iturrioz tenía razón: la Naturaleza no sólo hacía el esclavo, sino que le daba el espíritu de la esclavitud.
Andrés había podido comprobar en Alcolea como en Madrid, que a medida que el individuo sube, los medios que tiene de burlar las leyes co­munes se hacen mayores. Andrés pudo evidenciar que la fuerza de la ley disminuye proporcionalmente al aumento de medios del triunfador. La ley es siempre más dura con el débil. Automáticamente pesa sobre el miserable. Es lógico que el miserable, por instinto, odie la ley.
Aquellos desdichados no comprendían todavía que la solidaridad del pobre podía acabar con el rico, y no sabían más que lamentarse esté­rilmente de su estado.
La cólera y la irritación se habían hecho crónicas en Andrés; el calor, el andar al sol, le producía una sed constante, que le obligaba a beber cerveza y cosas frías que le estragaban el estómago.
Ideas absurdas de destrucción le pasaban por la cabeza. Los domin­gos, sobre todo, cuando cruzaba entre la gente a la vuelta de los toros, pensaba en el placer que sería para él poner en cada bocacalle una media docena de ametralladoras y no dejar uno de los que volvían de la estúpida y sangrienta fiesta.
Toda aquella sucia morralla de chulos eran los que vociferaban en los cafés antes de la guerra, los que soltaron baladronadas y bravatas para luego quedarse en sus casas tan tranquilos. La moral del espectador de la corrida de toros se había revelado en ellos; la moral del cobarde que exige valor en otro. A aquella turba de bestias crueles y sanguinarias, estú­pidas y petulantes, le hubiera impuesto Hurtado el respeto al dolor ajeno por la fuerza.
"El árbol de la ciencia" de Pío Baroja

   Con todo, en los escritores de fin de siglo no hay siempre una ruptura radical con el Realismo y el Naturalismo; de hecho, se advierte cierta continuación del Naturalismo radical en las novelas de Vicente Blasco Ibáñez ("La barraca"). La continuidad entre Naturalismo, actitudes políticas revolucionarias, bohemia y Modernismo es clara en escritores como Alejandro Sawa, Felipe Trigo, Eduardo Zamacois...

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